sábado, 8 de agosto de 2009

juegos de chicos

- Mi abuela se murió.
- La mía también. Una, la otra no.
- ¿Y se fue al cielo?
- No, la metieron en una caja de madera y la enterraron
- ¿Dónde?
- En el cementerio.
- Ah, la mía no, la mía se fue al cielo. Y mi mamá me dijo que yo también voy a ir al cielo, si me porto bien.
- Ah, dijo Lucía mientras acomodaba la casita. Unos bloques de madera, cuadrados o rectangulares, rojos, azules y amarillos, hacían de mesas y de camas y de sillones y de la cocina y de la heladera. Los hijos eran playmovils. Papá y mamá eran un Ken y una Barbie, respectivamente. Papá estaba sentado mirando fútbol, con los dos hijos varones, que un poco miraban y un poco jugaban con los autos en la alfombra. Mamá se arreglaba en la pieza, tenía una fiesta a la noche y quería estar linda. Como le costaba ponerse linda estaba un poco enojada. Las nenas sabían que cuando estaba enojada era mejor no molestarla. Por eso hacían sus cosas solas en el jardín.



Jorge pasó la hoja en un gesto automático. Había algo en eso de sentarse a devorar apuntes en las vísperas de finales que lo tranquilizaba. Sabía exactamente lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Una suerte de orden, de destino en forma de programas de estudio y prolijos apuntes y fichas de fotocopias. Fichas y más fichas. Marx, Freud, Lévi-Strauss, Ameigeiras, Suzuki, Foucalt, Lacan, Aberasturi. Un conjunto de nombres, eso nada más, nombres, letras negras en papeles manchados, fotocopiados, con ilegibles anotaciones en los márgenes inmortalizadas en la última copia. Se sentaba y empezaba a leer, subrayaba, hacía un cuadro y un resumen. Todo lo juntaba, le daba un par de vueltas en la cabeza, lo memorizaba y lo escupía en la mesa de examen. Y ponía cara de entender, y era amable con los profesores y pensaba antes de responder. Y sobre todo, ante todo, porque eso lo había descubierto ni bien entró a la facultad, en el CBC, cuando sus compañeras transpiraban y se morían de miedo y fracasaban en los exámenes que habían preparado con impecable esfuerzo, guardaba dominio de sí. Estaba entero, como dominando la situación. Aunque dentro fuera un caos, fuera no se notaba, el rostro impasible de un jugador de póquer con escalera servida.
En la nueva hoja no seguía Nietzsche y su superhombre. Revisó de nuevo, fue para atrás, pagina 78, pasó la hoja, página 113. Además la tipografía había cambiado, esta era más chiquita y más somática. Arriba, escrito a mano: “Erich Fromm. El miedo a la libertad”. El título del libro estaba subrayado en una línea descendente. Le sorprendió la seguridad del trazo. Siempre le sorprendía esa gente que sabía lo que hacía. Él no. Él se sentía bien cuando seguía un orden, como el de las vísperas de los finales. "Capítulo VII. 1. La ilusión de la individualidad". Individualidad, qué palabra. Empezó a leer con el lápiz negro en la mano. Había desarrollado una técnica, leía rápido, como sin querer. Cuando encontraba algo que le llamaba la atención lo subrayaba y marcaba el número de hoja en un circulito. Luego repasaba los números de hojas, en las marcadas volvía leer lo subrayado. Lo pensaba. Si no tenía sentido leía lo que venía antes y así. Al final hacía un mapa conceptual y un resumen. Y listo. Una nueva ficha, un nuevo apunte, algún otro nombre, algunas otras palabras: Kant, Kuhn, Kilgsberg.
"Dentro de nuestra cultura, sin embargo, la educación conduce con demasiada frecuencia a la eliminación de la espontaneidad y a la sustitución de los actos psíquicos originales por emociones, pensamientos y deseos impuestos desde afuera". Lo subrayó, el párrafo entero. Genial, pensó. Marcó el número de página: 284. Más adelante subrayó otra cosa: "el hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando en realidad, desea únicamente lo que se supone (socialmente) ha de desear". Página 296.


Lucía y Ema seguían jugando. Mamá-Barbie bajó de su cuarto y se asomo a controlar qué hacían las chicas.
- ¿Qué están haciendo?
- Jugando má.
-Bueno, pero no se ensucien mucho el vestido que después me la paso todo el día lavando, salgan de la tierra.
- Pero, no podemos, acá está la casita.
- Bueno, pero tomen, siéntense en las sillitas. Yo me voy comprar un rato, voy y vuelvo eh, pórtense bien.
- Sí.
- Les dejé la leche servida, después le piden a papá que se las caliente en el microondas, no lo prendan ustedes eh.
-Bueno.

Emma puso a Mamá-Barbie a un costado, boca abajo. Los nenes seguían con Papá-Ken, mirando la tele y jugando con los autos. Lucía agarró un playmovil y dijo con voz de interesante:
- ahora que no están los grandes podemos hablar de nuestras cosas.
- Sí, dijo Emma con su muñeco en la mano, hablemos de las cosas que nos importan, agregó forzando la voz.
- Eso, de dónde vienen los bebés y adonde se van las abuelas.
- Algunas abuelas se van al cielo, las que se portan bien. Y otras las meten en una caja y se quedan en el cementerio.
- ¿Las que se portan mal?
- Las abuelas no se portan mal, pero a veces no les hacen regalos a sus nietos.
- O se pelean con los papás.
- ¿Y dónde se van los perros y los gatitos cuando se mueren?
- Al cementerio o al cielo, como las abuelas.
- Si no se mueren se van al campo. Oso se fue al campo cuando estaba viejito.
- ¿Y los gatitos también?
- Algunos sí, creo.
- Entonces algunas abuelas están en el campo con los perritos y los gatitos.
- ¿Y los bebés de dónde vienen?
- De la panza de las mamás.
-¡Ya sé tonta! Es obvio. Pero antes, antes de la panza ¿dónde estaban?
- En el cementerio yo no ví ninguno.
- Y del cielo no pueden bajar solos porque son muy chiquitos.
- Por ahí están el campo, con las abuelas y los perritos y ellas los cuidan y los acompañan hasta la panza.
- Sí, seguro.

lunes, 3 de agosto de 2009

picado a los doce o trece

Pisó la pelota en un gesto napoleónico mientras miraba imperturbable cómo su contrincante pasaba de largo arrastrándose en el polvo. Luego de un instante, el momento exacto para que su rival quedara fuera de juego, retomó la carrera con la mirada en alto. La actitud segura de quien sabe lo que hace, como si el defensor recién caído, ése que lo había perseguido, que le había mordido los talones con patadas breves pero firmes disputándole el balón durante trece metros, trece agónicos metros, hubiera estado destinado desde siempre al polvo. Como si él lo hubiera sabido y su derrota sólo hubiese sido una confirmación de una profecía aciaga.

Nadie lo notó, pero Dani, ése que ahora reemprendía el combate de la pelota en los pies, estaba ahora algún centímetro más alto. Nadie se dió cuenta pero su pecho ocupaba ahora una dimensión ligeramente mayor. Porque hay cosas que de afuera no se ven; sólo un muchacho, qué digo, un chico, un pendejo, jugando a ese constante perder y ganar el poder, esa lucha de egos que es el fútbol a los doce años. Acaso el observador no hubiera sabido que a los doce o trece años uno puede tener más o menos experiencias con mujeres (quizás alguno de la clase haya debutado en una casa de tolerancia, iniciado en las tareas del macho por algún tío o hermano mayor), uno puede ser más o menos compadrito (haber desarrollado en mayor o menor medida esa habilidad de defender el honor -esa confusión de miedos y ego luchando por emerger que es la propia estima a los doce años- a las piñas o, al menos, por medio de amenazas convenientemente creíbles) pero que esas conquistas no importan demasiado a los doce años. El observador quizás no hubiese sabido que a los doce o trece años uno es hombre, uno es respetado por sus congéneres (porque eso es lo que vale, por eso uno hace todo lo que hace a esa edad: para ser reconocido por sus compañeros, para demostrar que se es hombre) cuando se impone en una cancha de fútbol.

Por todo eso Daniel, aunque tal vez no lo hubiéramos notado, era un poco más alto ahora. Por eso sus pulmones acogían un poco más de aire en cada que inhalación. Porque la había pisado y Jorge, Jorgito, el que no dejaba de gastarlo con su hermana, el que se escondía en la impunidad de un cuerpo naturalmente más robusto, estaba allá atrás mirándolo desde el suelo dentro de la nube de polvo que había levantado con su propia caída. Si hubiéramos estado atentos a su gesto en ese momento, además de la mirada desafiante, habríamos notado un esfuerzo por contener una sonrisa. Es sabido: el guerrero, aún en el momento de la victoria final no puede permitirse mostrar autocomplacencia, un código no escrito se lo impide. Sólo le es dada la actitud estoica de quién presencia el dictamen inevitable de los hados.

Daniel levantó la mirada, uno, dos, tres defensores, el arquero y, más allá, la gloria. Nada más había. Nada más cabía en ese mundo de quince jugadores de guardapolvo: una superficie de tierra, dos arcos más simbólicos que reales marcados por los buzos de gimnasia, una pelota de cuero descolorido y diez minutos entre matemática y biología. Nada más.

Daniel lo vió venir al gordo Juan. Frenó la carrera. La pisó, como contra Jorge. Juan no fue tan ingenuo, corría con cautela, como un caballo con el freno tirante no largaba toda su fuerza. Juan frenó también. Daniel dudó. Amagó para la derecha pero salió para la izquierda. Juan sabía, Daniel siempre la hacía, parece que quiere para un lado pero agarra para el otro, queriendo hacer de su pique una ventaja. Juan sabía y se jugó. Se tiró para ese lado. Daniel miró cómo adivinaba su intención. Vió cómo, a pesar del esfuerzo en el que se le iba el alma, el pie de Juan llegaba antes. En un instante pleno de zozobra, mientras se hacía mas petizo, mientras se le achicaba el pecho, vió cómo la pelota se le iba lejos.

Daniel frenó, puta madre escupió en un gesto cansado mientras se sostenía con las manos en las rodillas. Puta madre, mientras miraba el suelo de tierra unos segundos.

Dani otra vez, el demasiado chico para vos, el qué chiquito que lo tenés, el no tenés pelos en el sobaco, el cuándo me va a salir la huasca, el a vos las minas no te dan bola porque les gustan los machos, el si te llevás otra materia te cago a palos, el yo a tu edad no lloraba por esas cosas, el todavía te gustan los autitos, inició otra vez la pelea con la determinación del combatiente que sabe que tras la derrota ya no hay nada, sólo la muerte.

viernes, 31 de julio de 2009

el precio de la conciencia

¿Cuál es el precio de la conciencia? Ver, animarse a ver. Ver afuera, pero adentro sobre todo. O mejor, ver desde dentro, desde uno mismo el afuera, la realidad toda. Ver desde la singularísima posición que cada uno es. Experimentar. A eso llamo conciencia; a ser uno mismo en ese ver, en ese experimentar.

Ahora me pregunto ¿cuál es el precio de la conciencia?

El árbol es árbol y no lo sabe. Su crecimiento sigue las órdenes de milenios y milenios de evolución. El árbol es su especie y un par de cosas más, la incidencia de la luz, la cantidad de agua, esas cosas. Quizás, como dice Ken Wilber, el árbol tenga también una profundidad, una forma singular, única de experimentar el mundo. Algo que sólo se captara si uno fuera o se pusiese en el lugar del árbol. Pero ese no es el punto. El punto es que el ser humano sí tiene profundidad, su mundo se define por su perspectiva, por su situarse. Es por eso que no hay un mundo, sino tantos mundos como hombres. Esto no es ninguna novedad, lo dijeron un montón.

Desde que el hombre ha accedido al árbol del conocimiento o desde que ha robado el fuego, de acuerdo a qué mitología nos haga de marco (en este punto sería interesantísimo recorrer otras y descubrir este tema que se repite), tiene que ganarse el pan con el sudor de su frente y parir con dolor. Desde que vemos, desde que sabemos, tenemos un precio para pagar. La conciencia no es gratis; se la hemos robado a los dioses.

¿Cuál es el precio de la conciencia?

Milenios de evolución conviven en mí; en mí está el organismo unicelular, los primeros seres vivos, el cerebro reptílico, el paleomamífero y el neocortex. En mí conviven instinto y libertad. En mí está la planta, que crece porque crece, pero también está esa otra parte, que se sabe creciendo, que lo ve desde afuera, que desea, que pregunta, que proyecta. En mí está la conciencia.

¿Cuál es el precio de la conciencia?

La conciencia no es gratuita; o pagamos la conciencia con la vida o pagamos la vida con conciencia. Algo así como: el ver (ese ver singularísimo, ese crear mi mundo, ese ser mi experiencia) se paga con la vida, nadie sale indemne. Aquél que ve no crece porque crece. Su crecer tiene un sentido, existe un ver que le hace de marco, que le exige, que le interroga. Los profetas lo saben, y la sabiduría popular también, "nadie es profeta en su tierra".

O la vida se paga con conciencia; alguno elige obviar el ver, resignarlo, mirar para otro lado. Ése no hace caso a la interrogación (porque sí, creo que siempre se ve, de algún modo, aunque sea en súbitos arranques de lucidez, brevísimos flashes de realidad) y crece. Crece porque crece. Como las plantas. Ése paga con la conciencia, la resigna en pos de lo que cree llamar la vida.

¿Cuál es el precio de la conciencia?

Yendo un poco más allá esta distinción se me presenta como demasiado escolar, demasiado escolástica. Conciencia o vida. Como todos los dualismos, se presenta útil para la categorización pero alejada de la vida. Falsa.

Profundizando, creo que no hay vida sin conciencia. Vida, vida humana, es aquella en que se crece por una decisión interna. Aquella donde algo, en ese crecer de las plantas, no se encuentra como en casa, algo está desajustado, un quejido sordo que se va gestando, un murmullo que crece hasta hacerse grito. Entonces la planta se hace hombre. Sabe quién es y no quiere negarlo.

El sudor de la frente, el parto con dolor, la desnudez de la vida misma son asumidas con cierto disfrute, con la frente en alto. El crecer es ahora una búsqueda, un intento constante (e insuficiente siempre, claro) por aunar vida y conciencia; la tarea de responder, no en forma discursiva, sino con la praxis ¿cuál es el precio de la conciencia?

domingo, 26 de julio de 2009

agua

¿Qué sos?, escritor.

Un frío le recorrió por dentro, un retraimiento del cuerpo ante lo repulsivo. Escritor, pensó. Tanto venir esquivando ser ingeniero, o abogado o administrador de empresas. Tanta energía en gambetear esa fijación que veía como un desterrarse a sí mismo, para terminar diciendo: escritor. Escritor, vuelo a París (o barco mejor, pero eso hubiese sido en otra época), noches de desvelo, alcohol hasta la borrachera, vivir al límite, siempre con las últimas monedas, ningún trabajo fijo, por supuesto, sólo el ambiguo "escribo", y súbitos ataques de creatividad febril, páginas y páginas en cualquier lado, en el subte, en el baño, en la fila del banco. Si algún analista le hubiera pedido una asociacón libre con la palabra escritor, todas esas ideas hubieran aparecido en su mente. Escritor pensó, ¡qué flor de polotudo! se rió y la imagen en el espejo se lo confirmó: el pelo inflado, los anteojos exageradamente inclinados hacia un lado, el buzo de rugbier que le iba corto. Escritor, rugbier, pensó divertido. Los rótulos agazapados tras cualquier puerta, tras cualquier esquina, conspirando con la fijación, la permanencia, la difinición y ese tipo de palabras con mayúsculas. Recordó las palabras de Isabel a Elena, no creas en las palabras que te ponen los otros, y lo sorprendieron con su simplicidad, con su justeza.
De chico había querido ser astronauta, soldado, semidiós, poeta, político, santo y mil cosas más. De algún modo, en secreto, siempre en el más hermético secreto, se había sabido capaz de esas proezas. Una certeza tenía dentro: él sería distinto. Desmarcarse, romper el molde. Y había también una suerte de reconocimiento, de podio al final de la carrera. ¿Por qué todo eso? pensaba ahora. Algún mecanismo de defensa, un niño que intenta preservarse en un mundo hostil intentando acceder a algún tipo de unidad, un decir-se éste soy yo. Todo eso pensaba mientras se descubría en el espejo cariñosamente pelotudo. Escritor, ja.


Los días ahora se le iban en el ejercicio de soltar. Deshacerse de todo eso, rugbier, escritor, nombres, cosas que había ido acumulando con el tiempo, cosas que habían ido adquiriendo el derecho de nombrarlo. Llegó un momento en que él decía alguna de esas palabras, alguna de esas cosas, y el otro (el interlocutor, el que fuera) se tranquilizaba, como un naúfrago que llegara a tierra firme, ahora está en suelo sólido, ahora sabe. El interlocutor terminaba el cuadro con pinceladas que él miraba desde fuera, sintiéndose ajeno: un poco de color por aquí, otro por acullá y la escena completa, la impresión final. El interlocutor se regocijaba en su obra con la satisfacción de lo completo, con la seguridad de lo acabado. Él miraba entre sorprendido y divertido el producto de la imaginación del otro.
Todo esto maquinaba mientras comenzaba a llover otra vez. Puta lluvía se dijo. Puta lluvia ahora que apareció esa gotera que hasta ayer no estaba. Puta lluvia ahora que se hundió un poco más el pozo en el jardín. Puta lluvia y también bajo toda la lluvia del mundo, el título de ese libro de cuentos de ése que por ser todo era nada (y era él entonces). Genial, pensó, bajo toda la lluvia del mundo. Una lástima, si la hubiera descubierto antes a esa frase quizás sería suya, se decía en esa estúpida lógica de que las palabras se acaban, de que le pertenecen a alguien. Pero se dió cuenta del error, bajo toda la lluvia del mundo estaba ahí, antes de ese libro de cuentos, antes de ese escritor, antes de las palabras. Mejor agarro la campera y salgo a hacer cualquier cosa, decidió repasando los asuntos pendientes como quien busca una excusa: las compras, mandar ese fax, buscar esos papeles. Infinidad de tareas pendientes, indispensables e ínfimas. Salgo mejor, y toda la lluvia del mundo sobre mí, corriendo por mi campera, ingresando por el cuello, por las mangas, empapando las zapatillas, las medias de lana, el pantalón, el buzo corto de rugbier, la remera, los calzones, todo ensopado. La lluvia sobre su piel, entrando por sus poros, por todos sus orificios, llegándole dentro, inundándolo hasta que todo es agua: adentro, afuera, el escritor, el rugbier y entonces se acaban las distinciones, todos flotan, el soldado, el santo, el podio, el cuadro. Agua y más agua, toda la lluvia del mundo.

en el sitio exacto

No sabe si habrá sido la calidez de la comida casera, el calor del fuego o la madurez de poder decirse te quiero con los ojos, con los gestos, con las manos. El hecho es que la pasó muy bien. Al final, casi al unísono, se dijeron que se repita.
Algo así como tomar el camino más largo a casa, pensaba, dar un gran rodeo para llegar hasta aquí cerquita. Estuvieron siempre ahí, al alcance de la mano, pero hoy se encontraron otra vez, después de algunas vueltas de más.
Seguía pensando, quizás fuera una forma de la Naturaleza para asegurar la diversidad de la especie (el hecho de salir, encontrar amores lejos de la guarida), tal vez una necesidad de mortalizar a los padres (matar todo lo que oliera a ellos), también habría algo de metafísica occidental, por qué no, pensaba, esa sensación de que lo auténtico, lo real, lo verdadero, está un paso más allá, al final del camino, tras esa puerta, en ese otro lugar (o lugar otro, si quieren). Sensación hija no de una fe en la solidez de esa suerte de cielo laico sino en la conciencia de la falta de densidad de este mundo de aquí y ahora.
Pero en ese momento, no sabe por qué, y tampoco le importó averiguarlo, experimentaba la sensación de que sus huellas acogían la dimensión justa del tamaño de sus zapatos. Se encontraba a sus anchas en el sitio exacto que delimitaba su pisada.

lunes, 20 de julio de 2009

esperar

Día helado de julio. Sede de algún organismo administrativo -pirámide de papeles y carpetas y fichas húmedas escritas a máquina que conforma el fundamento de aquello en apariencia tan sólido que usamos llamar Estado. Cola sobre la calle. Viento que se cuela hasta las huesos a pesar de las varias capas de abrigo. Una hora de espera. Dos horas. Tres horas. Hace media hora que estoy ocupando la misma baldosa, aún en la calle, a siete u ocho personas de poder entrar al edificio, para acceder al privilegio de ser depositario de un número y comenzar el trámite de veras.
Con los circunstanciales compañeros de fila compartimos ya ciertos guiños de complicidad; ningún diálogo franco más bien un correcto ¿me decís la hora? o un amigable parece que echamos raíces acá. Cosas por el estilo.
De vez en vez se acerca algún desconocido, un extraño a la comunidad de los esperantes: ¿para el pasaporte?, sí, esta fila, lo instruimos con la generosidad del que inicia a un neófito. Alguno rompe nuestras seguridades, para el certificado de buena conducta, ni idea, respondemos perplejos, pero esa cola de ahí es para informes. Allí te van a saber decir. El desconcierto y la reverencia que inspira esta incomensurable mole burocrática nos une en una suerte de solidaridad.
Se acerca una mujer. Algo en mí se alerta. No pertenece los nuestros me digo. Algo en ella me dice que no espera, no es de la comunidad de los esperantes. Me mira, duda, se arrima al muchacho que está delante. No lo mira a la cara, más bien aproxima su hombro y mirando a lo lejos inicia un diálogo en susurros. ¿Estás hace mucho?, hace dos horas y media, desde las ocho, y... decíme, suponéte que alguien te da unos pesos, no sé, cincuenta pesos ponéle ¿no le dejarías tu lugar en la cola?
Me intereso en la conversación. El muchacho está perplejo. Como si lo hubieran descubierto con las manos en la masa. Mira hacia un lado y otro. La señora insiste. Es sólo una persona. Te doy cincuenta pesos. Igual, yo me tenía que ir. A la una entro al trabajo. Ya son las once y pico. Ya no llego. Me tengo que ir igual. La señora entiende el incómodo sí disfrazado. Dale, quedamos así. Esperáme un poquito y nos vamos para allá y te doy lo que es tuyo. Él se queda en la cola. Dice señalando a un nuevo personaje.
Recién en ese entonces me doy cuenta que durante la conversación se ha acercado un pibe; veintipico de años, pelo corto con gomina o algo que lo mantiene en una rigidez calculadamente artificial, remera plateada con alguna inscripción en italiano, zapatillas de moda y campera ajustada, más estética que eficaz. Todo el conjunto adornado con una nariz prominente y una notable cara de boludo. Boludo-vestido-de-boliche-un-lunes-por-la-mañana, inaugura otra categoría de boludos, pienso. Se une al grupo en silencio y con aire de complicidad.
El-muchacho-que-ha-aceptado-el-ofrecimiento, el traidor, ha cambiado su actitud: se mueve inquieto, esquiva la mirada de los compañeros, consulta el celular con una regularidad innecesaria. La señora, en cambio, mira descaradamente a la gente con la actitud impostadamente honrada de quien tiene algo que esconder. Algunos tienen la fastidiosa capacidad de, a pura voluntad, gambetear la realidad una y otra vez, si el rey está vestido, parece afirmar. Su altanería, o este frío y esta espera que ya son insostenibles, me quitan la paciencia. Encuentro sus ojos, sé de tu acción, le digo con los míos. Ella sostiene la mirada y casi con naturalidad pregunta ¿no te molesta, no? Miento. En realidad no es una pregunta. Es de aquellas preguntas que se llaman retóricas por el hecho de afirmar algo como sin querer. Le respondo con los ojos primero, con las palabras después, sí, me molesta. Pero ¿por qué? Si para vos es lo mismo. Su tono tiene algo que me irrita, algo que me rebela, una pretensión de cambiar mi percepción de la realidad, quizás una de las últimas cosas que me quedan en esta puta mañana de invierno. No quieras quitarme este fastidio por esta cola de mierda y este frío mal parido que se me ha subido a todos los huesos del cuerpo desde la planta de los pies. Me molesta porque estoy haciendo esta cola hace tres horas, respondo en un esfuerzo por contener el insulto. Ella no se deja vencer así nomás: Pero para vos es lo mismo, él se va así que no vas a tener una persona más delante. Además ¿qué sabés? Yo le podría haber pedido que me haga la cola. Podría ser ser un familiar... o un empleado. Esta mujer sabe cómo hacerme engranar. Podría haber dicho mil cosas pero ¡justo esa! Por su ropa, por su forma de hablar y por todo eso que hace de presentación de alguien antes que lo conozcamos, el muchacho claramente es de otro clase social. No pertenece a aquellos que pueden pagar cincuenta pesos para evitar una espera. Es de aquellos que perderían otra mañana, que se pedírían otro día en la fábrica o en el taller por cincuenta pesos. Ella dijo todo eso en esa última palabra. Ella dijo: tengo plata por lo tanto tengo derecho. Todo eso dijo y justamente eso me hiere, me da justo ahí, donde me enfurece. Y ella lo sabe. Y ella lo busca. Pero sabemos todos que le acabás de ofrecer cincuenta pesos, denuncio convenientemente alto como para que los compañeros se den por enterados.
Y entonces, el momento crítico, el instante crucial, una de esas encrucijadas donde se tejen nuestros destinos, donde se deciden las vastas extensiones de tiempo que ocupan el espacio restante de nuestras vidas. ¡¿Pero qué te pasa?! ¡¿Qué sabés?! ¡sos un pelotudo! interviene prepotente el boludo-vestido-de-boliche.




Me doy vuelta. Lo miro a los ojos. Todo mi ser es una reacción violenta. Todo yo me contengo en un puño cerrado. Milímetros antes de dejar salir el impulso, un segundo antes de explotar: lo pienso. Y si lo pienso ya está, cagué. Por un pacifismo casi militante, por una tendencia a darle dos o tres vueltas a las cosas en el marote antes de ejecutarlas, por una historia de resultados desfavorables en mis rounds pugilísticos cuando decidí hacer justicia a las piñas o por algunos de esos inescrutables vericuetos del ambiente de crianza, de las elecciones libres, de la historia personal o de aquello que conforme mi personalidad, tiendo a poner la otra mejilla. O más exactamente: a recibir un segundo bife (en la misma mejilla o en la otra, no importa) mientras pienso cómo responder, qué estará queriendo el otro, si de veras me agrede a mí o alguna sombra suya, si conviene actuar así o asá, etcétera. Así como otros tantos segundos cruciales, éste modificó mi futuro. Habláme bien que yo no te falté el respeto, arrojé con una conveniente dosis de amenaza en el tono. Lo que sigue es insustancial en relación a este instante: la fila comenzó a inquietarse. La señora se trenzó con el señor de atrás. El boludo comenzó a amenazar a las chicas lindas que cerraron la discusión con un lapidario sos un ignorante. El tiempo apaciguó los ánimos. Finalmente entramos al edificio. Los números nos fueron concedidos como una gracia. Quinientos cuarenta y cinco para mí. Quinientos cuarenta y cuatro para el boludo-vestido-de-boliche-un-lunes-por-la-mañana.


Dos horas más tarde, frente a uno de los múltiples escritorios de esa colmena estatal, una esperanza de reivindicación, de justicia cósmica, nos iluminó a los esperantes. En el escritorio, la señora descarada y el pibe-pura-nariz sostenían una discusión con una administrativa y su supervisor. No, señora, sin el DNI o la constancia no puede hacer el trámite, por más que ya tenga el pasaje sacado ya. Es imposible. La fila y yo paramos la oreja, atentos espectadores de un forcejeo dialéctico. La señora arremetía seductora primero, amenazante después, seductora otra vez. La administrativa y su supervisor contaban con una tribuna completa de su lado. Con nuestras miradas le transmitíamos nuestro apoyo, le comunicábamos nuestra fuerza. Eran los espartanos intentando detener el ejército asirio, los esclavos que se rebelan contra años de sometimiento, los sin voz que se levantan con la última e insospechada fuerza de su dignidad. Nos miramos con las chicas lindas, si no puede sacarlo dios existe. El mundo va a ser más habitable, decimos medio en chiste y medio en serio. Sonreímos. Seguimos el desenlace de la contienda: los ataques, las defensas, los contra ataques. Finalmente, el ejército administrativo cede: está bien. Son la derrota en persona. Nos miramos los de la fila, no hacen faltan las palabras.


Dios debe estar en cosas más importantes
, intento consolarme mientras espero (con el papelito con mis datos, el DNI y el comprobante en la mano derecha y la resignación dentro) que alguna voz llame al quinientos cuarenta y cinco y por fin, alguna vez, sea mi hora.

viernes, 17 de julio de 2009

descubrimientos de un martes como cualquier otro

Hoy, una mañana cualquiera de martes, descubrí tres cosas; en primer lugar, descubrí una nueva manera de hacer una tortilla. En rigor la receta la descubrí ayer, cuando me abuela me la pasó. Lo que descubrí hoy, con respecto a la tortilla, es que la puedo hacer yo. Este receta tiene tres ventajas fundamentales con respecto a la tortilla de papa tradicional: economía de esfuerzo, economía de huevos y economía de fritangas. Es porque la papa, el ingrediente básico, claro, en este caso no se fríe antes, sino que se ralla, como si fuera zanahoria. Se le agregan algunas otras cositas que haya como, cebolla, ajo, zanahoria, zapallito -todo convenientemente rallado, salvo la cebolla, que se pica bien pequeña- y se condimenta a gusto. A todo esto se le agrega un solo huevo. Un huevo para toda la mezcla, no uno por tortilla. Sale mejor si la sartén se pone sobre un disipador de calor -el clásico tostador es ideal- para que la papa haga tiempo a cocinarse.
Con el plato en la mano aconteció el segundo descubrimiento: hay un sitio en mi casa, cerca de la ventana donde están las macetas con albahacas y oréganos, que, a esa hora exacta de ese preciso día, se puede tomar un baño de sol sentado en la mecedora mientras, por ejemplo, se degusta una exquisita tortilla de papa con que uno mismo se ha sorprendido (a sí mismo, claro).
Con el sol en la cara, el plato en la mano y los pies sobre una silla de paja que oficiaba de posapiés el tercer descubrimiento tuvo lugar: la radio que estaba escuchando no había tenido ni una sólo interrupción comercial, noticiosa o de cualquier otra índole. Sólo música, de la buena, y un locutor que una vez, sólo una en todo el proceso de picar la cebolla, rallar la papa, rallar la zanahoria, rallar el zapallito, romper el huevo, salpimentar todo a gusto, cocinarlo en la sartén sobre la tostadora, descubrir el lugar exacto donde tomar un baño de sol y entonces, sólo entonces, transmite LR 710, con voz de locutor de fm de música clásica.
Un martes como cualquiera me dispuse a salir al mundo y, mientras pedaleaba, pensé en esos libritos de metafísica, en eso de que el cambio lo hace uno, que si cambia la actitud interior cambia el ambiente y todo eso. Con una sonrisa condescendiente, como del que descree de las soluciones finales, de los alfas y omegas discursivos, seguí pedaleando a un ritmo armónicamente ininterrumpido.

nota: en algún texto de Suzuki, creo, decía "la perfección está en cortar leña y acarrear agua". Creo. No sé, te lo dejo picando, como quien no quiere la cosa.