Aprovechando la mañana libre encaré los menesteres de la casa: los platos de anoche, esa olla de hierro siempre relegada, con restos de comidas adheridos al fondo y un poquito de agua como para que afloje, las bufandas, que hay que lavarlas a mano porque seguro que en el lavarropas se arruinan.
Mientras enjuago las bufandas -por cierto, el color del agua me dice que necesitaban un lavado- escucho al locutor de una radio AM que entrevista a la actriz del momento. El ruido de la conversación intrascendente, el ir y venir de las voces, me descubre añorando una vida de luces de escenarios y entregas de premios y alfombras rojas y amantes ocasionales en los camerinos y señoras amas de casa que sueñan liberarse de esta cotidianidad y llevar, aunque sea un rato, la vida que lleva una.
Es curiosa esta capacidad de viajar sin más medio de transporte que la fantasía; una mañana libre, unos platos sucios, una entrevista en la radio y soy un ama de casa como cualquier vecina. Otras veces ensayo un viajero soñador, un motoquero curtido, un pibe de cualquier barrio del conurbano, un inteligente profesor universitario, un laburante de cerveza y picado los domingos a la tarde, un buda del lejano oriente, un soldado espartano en el frente de batalle, un ... la lista podría seguir indefinidamente. Una continuidad de nudos que hacen este macramé, este collage que soy y que, anudados con dos o tres cositas más, suelo llamar yo.
miércoles, 15 de julio de 2009
domingo, 12 de julio de 2009
perras negras
"Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo."
"Concebir una raza que se expresara por el dibujo, la danza, el macramé o la mímica abstracta."
Julio Cortázar en Rayuela, capítulo 93.
"Concebir una raza que se expresara por el dibujo, la danza, el macramé o la mímica abstracta."
Julio Cortázar en Rayuela, capítulo 93.
La perra negra ladra una vez más. Quizás un auto, una bicicleta o un fantasma. Aunque escasean los fantasmas los mediodías soleados de los días feriados. Si no un fantasma quizás un deseo.
Mis perras negras siguen los deseos con sus ladridos. Ellas se meten en este cuaderno, como por un agujero en el cerco, cuando el dueño de casa está distraído, y los corren y los acorralan. Los huelen, los persiguen, los calculan, los adjetivan, los describen minuciosamente del anverso y el reverso.
Cuando un deseo es acosado por las perras negras generalmente hace uso de su materia inaprensible y se esfuma, con la gracia de la hoja que se desprende del árbol en otoño. Las perras quedan desconcertadas, se ladran unas a otras, se mordisquean, se amenazan y terminan descubriendo tarde, demasiado tarde, que la presa se las ha escabullido.
Cierto es también que, en ocasiones, contadas ocasiones, el deseo prescinde de la huida. Por capricho o necesidad, quién sabe, presenta batalla haciendo manifiesta una fascinante trasmutación; en la escena está el deseo acorralado, las perras excitadas, como adolescentes tontones, hacen lo suyo: ladridos, mordiscos, corridas. Entonces, inesperadamente ¡zas! el milagro: el deseo, respondiendo a alguna exacta ley que los aspirantes a escritor intentan e intentarán infructuosamente develar, abre una puerta. En el cuerpo del deseo se adivina un abertura que se hace más y más grande mientras nos invita, nos seduce, nos compele a entrar; perro, ladridos, cerco y agujero, dueño despistado, todos hunden en el dulce abismo entrabierto. Y por un instante, que bien puede ser una eternidad, somos-deseo-adentro. Flotamos, decimos, hablamos, soñamos y pensamos del brazo de deseo.
jueves, 9 de julio de 2009
el señor miedo y la lágrima rosa
Notas: breve obra de teatro. Pensar cómo representar un diálogo interno. La opción de ambientar el escenario como dentro de una persona queda descartada por bizarra. Pensar alguna otra cosa.
En algún arrabal del alma dos voces internas se encuentran. El sitio es oscuro y silencioso, como si estuviera fuera de la circulación habitual de la ciudad-interior, un barrio marginal. La calle está desierta. Un farol, yecto en el centro del escenario, arroja una luz mortecina. En el espacio de luz dos voces -internas, claro- dialogan:
-Es que no puedo. Me gustaría sí. Estaría bueno pero -plantándose firme, en un tono decidido- dadas las circunstancias es imposible.
-¡Basta de imposibles! ¿me podés decir por qué no se puede hacer?
-¿Y qué querés? En primer lugar está el laburo ¿Qué querés que morfe? ¿Quién me asegura que después encuentro algo?
-Vos sabés bien que de hambre no te vas a morir.
-Sí, quizás no me muera de hambre pero ¿y todas las otras cosas? ¿la casa, el auto, los proyectos a futuro?
- ... - guarda silencio con cara de "ni vos te creés a vos mismo".
- ¡no seas hijo de puta!
- ... - guarda silencio con cara de "estás haciendo un esfuerzo por auto convencerte y no creo que lo estés logrando".
- ¿Qué mierda querés que haga?
- ¿De verdad me preguntás?
- ¿No ves que te estoy preguntando?
-Me parece que a veces no querés escuchar mis respuestas.
-Si no hablás no te puedo dejar de escuchar.
- Es que no creo que te guste. Y cuando no te gusta no querés oír, no me entendés ni aunque te grite.
- Mmm... asumo el riesgo, dale, sinceridad brutal.
-Está bien, ahí va -un momento de silencio, toma aire, mira al otro a los ojos, duda, baja la mirada, inhala profundo como tomando coraje, vuelve a levantar la cabeza y le dice directo al rostro: ¿sabés qué creo? Creo que tenés mucho miedo; te armaste el puestito, un lugar cómodo. Al principio te dijiste que era por un rato, para zafar mientras tanto, "estoy bien ahora, mañana veremos". Y era así de verdad. Con el tiempo te fuiste apoltronando en tu lugarcito. Cada vez un poco más hundido en el sillón. La seguridad del techito, precario al comienzo, se te fue haciendo más y más necesaria. Hasta que un día amaneciste creyendo que ese techo era parte de vos. Cada vez te asomaste menos a la ventana. Hasta que al final te olvidaste que había un cielo más alto y un mundo más grande.
Un nuevo huésped se alojó en tu casa. Y, aunque no te guste, miedo es su nombre. Miedo al principio, como siempre, como todo, era chiquito, pasaba desapercibido. Con los días y las semanas y los meses miedo fué creciendo. Vos no lo sabías pero lo ibas alimentando, lo nutrías con cosas. Miedo pegó el estirón, aprendió a hablar en difícil, te ocupó tu silla preferida. Y terminó siendo un señor. El señor de la casa. La última voz en todas las decisiones. En algún momento hiciste un intento por sacártelo de encima. "Es imposible" te gritó, "es una locura" te aconsejó. Más por su tono de voz que por lo razonable de sus palabras te fuiste dejando convencer. No intentaste más. Con la casa tomada, como en el cuento de Julio, te mudaste a la piecita del fondo: miserable, húmeda, incómoda. "No está tan tan mal", te mentiste.
Y no sé si es bronca o pena lo que me dá. Quisiera sacudirte de los hombros con furia hasta sacarte el miedo de dentro. Quisiera ponerle orejas de burro y nariz de payaso para sacarlo a la plaza, que todos nos riéramos de él, tan respetable que parecía. Pero sé que si vos no lo echás no se va a ir nunca. Va a volver de la plaza, se va a quitar las orejas y la nariz de cotillón, se va arreglar el saco, se acomodará la corbata, se servirá un vaso de agua y lo beberá con la solemnidad quien toma un whisky etiqueta negra en algún bar del centro. Y con su ceño fruncido, su corbata impecable y su tono catedrático te convencerá una vez más. Qué sé yo. Es un poco de bronca y un poco de pena. Y entonces creo que ... - cuando levantó la cabeza notó que le estaba hablando al aire, el otro se había ido. Con sorpresa notó que un reguero de líquido rosáceo marcaba los pasos fugitivos de su interlocutor.
"Lloró rosa" se dijo a sí mismo mientras una esperanza como semilla de alpiste le nacía dentro.
En algún arrabal del alma dos voces internas se encuentran. El sitio es oscuro y silencioso, como si estuviera fuera de la circulación habitual de la ciudad-interior, un barrio marginal. La calle está desierta. Un farol, yecto en el centro del escenario, arroja una luz mortecina. En el espacio de luz dos voces -internas, claro- dialogan:
-Es que no puedo. Me gustaría sí. Estaría bueno pero -plantándose firme, en un tono decidido- dadas las circunstancias es imposible.
-¡Basta de imposibles! ¿me podés decir por qué no se puede hacer?
-¿Y qué querés? En primer lugar está el laburo ¿Qué querés que morfe? ¿Quién me asegura que después encuentro algo?
-Vos sabés bien que de hambre no te vas a morir.
-Sí, quizás no me muera de hambre pero ¿y todas las otras cosas? ¿la casa, el auto, los proyectos a futuro?
- ... - guarda silencio con cara de "ni vos te creés a vos mismo".
- ¡no seas hijo de puta!
- ... - guarda silencio con cara de "estás haciendo un esfuerzo por auto convencerte y no creo que lo estés logrando".
- ¿Qué mierda querés que haga?
- ¿De verdad me preguntás?
- ¿No ves que te estoy preguntando?
-Me parece que a veces no querés escuchar mis respuestas.
-Si no hablás no te puedo dejar de escuchar.
- Es que no creo que te guste. Y cuando no te gusta no querés oír, no me entendés ni aunque te grite.
- Mmm... asumo el riesgo, dale, sinceridad brutal.
-Está bien, ahí va -un momento de silencio, toma aire, mira al otro a los ojos, duda, baja la mirada, inhala profundo como tomando coraje, vuelve a levantar la cabeza y le dice directo al rostro: ¿sabés qué creo? Creo que tenés mucho miedo; te armaste el puestito, un lugar cómodo. Al principio te dijiste que era por un rato, para zafar mientras tanto, "estoy bien ahora, mañana veremos". Y era así de verdad. Con el tiempo te fuiste apoltronando en tu lugarcito. Cada vez un poco más hundido en el sillón. La seguridad del techito, precario al comienzo, se te fue haciendo más y más necesaria. Hasta que un día amaneciste creyendo que ese techo era parte de vos. Cada vez te asomaste menos a la ventana. Hasta que al final te olvidaste que había un cielo más alto y un mundo más grande.
Un nuevo huésped se alojó en tu casa. Y, aunque no te guste, miedo es su nombre. Miedo al principio, como siempre, como todo, era chiquito, pasaba desapercibido. Con los días y las semanas y los meses miedo fué creciendo. Vos no lo sabías pero lo ibas alimentando, lo nutrías con cosas. Miedo pegó el estirón, aprendió a hablar en difícil, te ocupó tu silla preferida. Y terminó siendo un señor. El señor de la casa. La última voz en todas las decisiones. En algún momento hiciste un intento por sacártelo de encima. "Es imposible" te gritó, "es una locura" te aconsejó. Más por su tono de voz que por lo razonable de sus palabras te fuiste dejando convencer. No intentaste más. Con la casa tomada, como en el cuento de Julio, te mudaste a la piecita del fondo: miserable, húmeda, incómoda. "No está tan tan mal", te mentiste.
Y no sé si es bronca o pena lo que me dá. Quisiera sacudirte de los hombros con furia hasta sacarte el miedo de dentro. Quisiera ponerle orejas de burro y nariz de payaso para sacarlo a la plaza, que todos nos riéramos de él, tan respetable que parecía. Pero sé que si vos no lo echás no se va a ir nunca. Va a volver de la plaza, se va a quitar las orejas y la nariz de cotillón, se va arreglar el saco, se acomodará la corbata, se servirá un vaso de agua y lo beberá con la solemnidad quien toma un whisky etiqueta negra en algún bar del centro. Y con su ceño fruncido, su corbata impecable y su tono catedrático te convencerá una vez más. Qué sé yo. Es un poco de bronca y un poco de pena. Y entonces creo que ... - cuando levantó la cabeza notó que le estaba hablando al aire, el otro se había ido. Con sorpresa notó que un reguero de líquido rosáceo marcaba los pasos fugitivos de su interlocutor.
"Lloró rosa" se dijo a sí mismo mientras una esperanza como semilla de alpiste le nacía dentro.
lunes, 6 de julio de 2009
las plantas no saben que es julio
Las matemáticas dicen que los días se alargan, poco a poco. Pero las plantas aún no lo saben. Continúan con su tristeza de heladas y días breves. No saben que el invierno es el tiempo donde se abona el reverdecer, donde se prepara la resurrección; la espera de la vida.
Las plantas no lo saben y hacen bien: si lo supieran la esperanza y la duda las ganarían. Porque esperanza dice tanto promesa como ausencia. Porque el que espera tiene la tentación del vacilar al alcance de la mano. Porque la visión del calor, aunque sea de lejos, allá, en un tiempo, puede hacer más duro el frío presente.
Las plantas no lo saben y hacen bien. Mueren cuando es tiempo de morir. Resucitan cuando son llamadas a la vida. Siguen el girar del cielo cósmico como un ciego conducido por un lazarillo en quien se confía.
Yo no soy una planta: sé que estoy en julio. Allá a lo lejos está septiembre. Sé que el tiempo vuela. Es que a veces vuela tan lento.
Las plantas no lo saben y hacen bien: si lo supieran la esperanza y la duda las ganarían. Porque esperanza dice tanto promesa como ausencia. Porque el que espera tiene la tentación del vacilar al alcance de la mano. Porque la visión del calor, aunque sea de lejos, allá, en un tiempo, puede hacer más duro el frío presente.
Las plantas no lo saben y hacen bien. Mueren cuando es tiempo de morir. Resucitan cuando son llamadas a la vida. Siguen el girar del cielo cósmico como un ciego conducido por un lazarillo en quien se confía.
Yo no soy una planta: sé que estoy en julio. Allá a lo lejos está septiembre. Sé que el tiempo vuela. Es que a veces vuela tan lento.
domingo, 5 de julio de 2009
leyendo en voz alta
Les leo algunas cosas que me gustaron. Son de Anthony de Mello, están en su libro un minuto para el absurdo;
A un recién llegado al monasterio
le dijo un discípulo más veterano:
"Debo advertirte que no entenderás ni
palabra de lo que diga el Maestro si
no tienes la disposición apropiada".
"¿Y cuál es la disposición apropiada?"
"La de un estudiante que quiere
aprender un idioma extranjero. Las
palabras que el Maestro pronuncia te
resultan familiares, pero no las
comprendes: tienen un significado
totalmente desconocido"
------------------
Siempre que el predicador mencionaba a Dios, el
Maestro decía: "No metas a Dios en esto".
Pero, un día, el predicador ya no pudo seguir
soportándolo: "¡Siempre había sospechado que eras
un ateo!", gritó. "¿Por qué no debo meter a Dios
en esto?... ¿Por qué?
Y el Maestro le contó la siguiente historia:
Un sacerdote acudió a consolar a una
viuda por la muerte de su marido.
"¿Ha visto lo que me ha hecho su Dios?",
vociferó la mujer.
"A Dios no le agrada la muerte, hija mía",
replicó el clérigo, "sino que le resulta
tan lamentable como a ti".
"Entonces, ¿por qué la permite?"
"No hay forma de saberlo, porque Dios es
un Misterio..."
"Entonces, ¿cómo sabe usted que la muerte
no le agrada?", preguntó la mujer.
"Bueno..., realmente... digamos que..."
"¡Cállese!", gritó la viuda. "No meta
A Dios en esto, ¿quiere?"
A un recién llegado al monasterio
le dijo un discípulo más veterano:
"Debo advertirte que no entenderás ni
palabra de lo que diga el Maestro si
no tienes la disposición apropiada".
"¿Y cuál es la disposición apropiada?"
"La de un estudiante que quiere
aprender un idioma extranjero. Las
palabras que el Maestro pronuncia te
resultan familiares, pero no las
comprendes: tienen un significado
totalmente desconocido"
------------------
Siempre que el predicador mencionaba a Dios, el
Maestro decía: "No metas a Dios en esto".
Pero, un día, el predicador ya no pudo seguir
soportándolo: "¡Siempre había sospechado que eras
un ateo!", gritó. "¿Por qué no debo meter a Dios
en esto?... ¿Por qué?
Y el Maestro le contó la siguiente historia:
Un sacerdote acudió a consolar a una
viuda por la muerte de su marido.
"¿Ha visto lo que me ha hecho su Dios?",
vociferó la mujer.
"A Dios no le agrada la muerte, hija mía",
replicó el clérigo, "sino que le resulta
tan lamentable como a ti".
"Entonces, ¿por qué la permite?"
"No hay forma de saberlo, porque Dios es
un Misterio..."
"Entonces, ¿cómo sabe usted que la muerte
no le agrada?", preguntó la mujer.
"Bueno..., realmente... digamos que..."
"¡Cállese!", gritó la viuda. "No meta
A Dios en esto, ¿quiere?"
viernes, 26 de junio de 2009
sinfonía en jueves
cuando somos bien niños nuestro mundo es chiquito, está limitado por aquello que cabe en nosotros. Creemos que el universo es una extensión nuestra, que las cosas se mueven a nuestra voluntad, que están ahí por y para nosotros. Cuenta Piaget, un psicólogo suizo que observó detenidamente a sus hijos desde pequeñitos, que el niño cree que el sol está arriba, siempre arriba suyo aunque camine, porque el sol lo sigue. Lo sigue a él. Si los antiguos creían que el sol giraba en torno a la tierra, el niño cree que el sol y el universo giran alrededor de sí mismo. Eso es egocentrismo.
Hoy hizo bastante frío, pero también salió el sol. Mientras caminaba hacia el trabajo disfruté el sol en la cara y el frío en los pies. Disfruté las calles de tierra, casi sin autos, los árboles, los pájaros y sus cantos y el cielo azul. Azul bien profundo, como en esos días fríos de invierno. Todo se daba ahí y yo pertenecí a ese ahí: una nota en esa sinfonía de pájaros, soles, árboles, pieces fríos y cara cálida.
A F. lo encontramos durmiendo en las vías muertas del tren, cubierto con una frazada roñosa en medio de un desorden descomunal: cartones, restos de comida, latas vacías de pegamento, colchones viejísimos, vidrios de botella de cerveza y otras mil cosas más. Lo despertamos, no sin esfuerzo, y lo invitamos a acompañarnos. Accedió.
A J. y L. los fuimos a buscar a la puerta del comedor de la iglesia. Sabíamos que en minutos servirían el almuerzo. Todavía no habían entrado, estaban ahí nomás, sentados en la vereda charlando de buen humor. Lo bueno de la mañana es que el aire está más limpio, más azul (sobre todo si es un día azul profundo de invierno), está más virgen de la polución de la ciudad que recién amanece. Lo bueno de la mañana es que los chicos están más limpios, más vírgenes de los dolores del día, más puros de las cosas que se ponen en el cuerpo para olvidarse. A ellos también los invitamos a acompañarnos. Accedieron.
Fuimos caminando los cinco: F., J., L., Ella y Yo. El sol nos calentó la cara, el frío nos hirió los pies. Los pájaros, los árboles, el azul del cielo, la ciudad aún soñolienta: junto con los invisibles -por olvidados y por indeseados- ensayamos un acorde en esa majestuosa sinfonía en jueves.
Hoy hizo bastante frío, pero también salió el sol. Mientras caminaba hacia el trabajo disfruté el sol en la cara y el frío en los pies. Disfruté las calles de tierra, casi sin autos, los árboles, los pájaros y sus cantos y el cielo azul. Azul bien profundo, como en esos días fríos de invierno. Todo se daba ahí y yo pertenecí a ese ahí: una nota en esa sinfonía de pájaros, soles, árboles, pieces fríos y cara cálida.
A F. lo encontramos durmiendo en las vías muertas del tren, cubierto con una frazada roñosa en medio de un desorden descomunal: cartones, restos de comida, latas vacías de pegamento, colchones viejísimos, vidrios de botella de cerveza y otras mil cosas más. Lo despertamos, no sin esfuerzo, y lo invitamos a acompañarnos. Accedió.
A J. y L. los fuimos a buscar a la puerta del comedor de la iglesia. Sabíamos que en minutos servirían el almuerzo. Todavía no habían entrado, estaban ahí nomás, sentados en la vereda charlando de buen humor. Lo bueno de la mañana es que el aire está más limpio, más azul (sobre todo si es un día azul profundo de invierno), está más virgen de la polución de la ciudad que recién amanece. Lo bueno de la mañana es que los chicos están más limpios, más vírgenes de los dolores del día, más puros de las cosas que se ponen en el cuerpo para olvidarse. A ellos también los invitamos a acompañarnos. Accedieron.
Fuimos caminando los cinco: F., J., L., Ella y Yo. El sol nos calentó la cara, el frío nos hirió los pies. Los pájaros, los árboles, el azul del cielo, la ciudad aún soñolienta: junto con los invisibles -por olvidados y por indeseados- ensayamos un acorde en esa majestuosa sinfonía en jueves.
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