lunes, 2 de noviembre de 2009

introducción a la noche

En una noche oscura, de una negrura ya cotidiana a mis ojos, un algo me tomó de la mano con una suavidad de niño o de mujer. Me convenció con su calor de seguirla y con firme suavidad me condujo por caminos desconocidos. Los pies desnudos, negros y frescos por el barro del camino, no se cansaron a pesar del largo trecho.

Cuando el día se vislumbraba en la claridad y el canto de los pájaros, llegamos a la proximidad de un bosque que se abría a nosotros como las piernas de alguna deidad de la fertilidad, completa, vital, seductora. No sin temor me dejé deslizar dentro, como algo que cae por su peso propio.

La espesura nos devolvió a la noche, ya robada por el sol inminente en el mundo exterior. Un aire fresco como un murmullo nos traía olores a oleadas, aromas de flores, del verdor de las plantas, del miedo de los animales, de la putrefacción de la materia en descomposición, de los hongos que se alimentan de la humedad de la oscuridad eterna.

En un claro, recostado contra un tronco un niño lloraba. Mi guía me invitó a mirar y soltó mi mano. El chico no pasaba los seis años, parecía más dolido que asustado, escondía su cara entre las manos y lloraba. Lloraba y lloraba porque estaba solo y hambriento, ni un pan había comido desde hace días. Sus manos huesudas se tomaban el vientre, doblaba sus piernas y apoyaba el mentón en las rodillas mugrosas. Un agujero me comenzó a nacer dentro, en el vientre, y comenzó a crecer como algo vivo hasta que llegó a mi pecho y fui algo hueco, todo vacío, una ausencia que se miraba a si misma. Quise acercarme y ofrecerle algo para su hambre. O para mi hambre (después se me ocurrió, pero nunca tuve claro cuál fue el motivo real) pero mi guía me detuvo, su mano detuvo con firmeza mi hombro y supe que no había nada que hacer. El niño seguía llorando mientras nos fuimos, mi guía, el hambre y yo.

No le quites su dolor, al menos eso tiene me dijo de algún modo que comprendí. Seguí andando desconcertado hasta que mis pasos se hicieron melodía y descubrí que estaba solo, fuera del bosque ya, en pleno día.

domingo, 1 de noviembre de 2009

llueve

Hace días que el cielo se desangra
en un ricón olvidado del mundo.
Han llovido océanos insondables;

las cimas más altas,
hasta ayer inaccesibles,
se han lavado de sus ropajes,
piedra, arena, cobre,
hasta quedar desnudas en su arquitectura esencial,
de espigadas columnas de roca

el agua ha corrido por los campos
hasta desmadrar los arroyos,
hasta hacer de la pampa un río,
un mar tormentoso,
un espejo donde mirarse el cielo
en noches serenas

el ombú majestuoso fue siendo atacado en sus raíces,
aguantó prendiéndose al suelo con firmeza,
la insistencia del agua fue mayor.
En un adiós-añoranza se soltó,
se desarraigó como un sí a un destino

para su asombro descubrió que su densidad era mayor que la del agua,
se dejó flotar,
las raíces bajo el agua,
el tronco emergiendo desnudo,
abriéndose la inmensa copa.

A la deriva viajó por el globo,
vió pirámides de roca
e ilusión,
estepas frías y yermas,
infinitas de soledad,
baobabs tragando planetas
y mundos,
navegó los mares de simas negras
hogares de criaturas inmemoriales,
conoció las montañas de arquitectura esencial,
y se perdió en el horizonte
el ombú navegante.

sábado, 24 de octubre de 2009

dolor de muelas

Es verdad que existen innumerables senderos e innumerables puentes e innumerables semidioses que quieren conducirte a través del río; pero el precio que te han de pedir será el sacrificio de ti mismo.


F. Nietzsche en Consideraciones intempestivas: Schopenhauer, educador



A veces las muelas duelen. También los ovarios, los pies y el amor propio. Duele y ese punto dolor –el que sea- como un agujero negro comienza a tragarse la materia a su alcance. Como si le sacáramos el tapón a la bañadera de la existencia y se formara un remolino por donde se nos fuera el agua de la –nuestra- realidad. Duele y como un compuesto cáustico va minando la solidez de lo-hasta-recién-tan-firme.

Y uno le presenta batalla, porque no es cosa de que en el dos mil y pico un dolor de muelas –o de ovarios, o de pies, o de amor propio- nos complique la vida impidiéndonos trabajar o ir al banco o llevar los chicos a la escuela o cualquier otra forma de salir a ordenar el mundo como si se tratara de frascos en alguna alacena. Es que uno ha tomado sus recaudos: está al día con la prepaga, se cepilla bien los dientes después de cada comida, piensa en positivo y no le hace mal a nadie, vive y deja vivir.

Todo esto pensamos, o al menos lo intuimos, borroso, porque este dolor puto no nos deja pensar con claridad. Bajamos a la farmacia por ibuprofeno cinco mil, el más fuerte que tenga por favor, o cualquier otra pastilla o conjuro disponible en plaza que nos prometa el orden perdido. Poner otra vez los frascos en fila, cada uno con su etiqueta –yerba, azúcar, polenta, bien, mal-, cada uno en su lugar.

Entonces el dolor pasa, y por un rato jugamos otra vez a los frascos y a las etiquetas; pero más tarde, en alguna esquina de la realidad –en el banco, en la cola del supermercado, en la escuela, en el hotel alojamiento, en el consultorio del psicoanalista o cualquier otra sala de espera de uno mismo- el puto dolor vuelve. Vuelve a pesar de dos mil años de conceptos –etiquetas-, moral y ciencia. A pesar del tratamiento de conducto y las pastillas sublinguales. Como un agujero negro vuelve. Como un pícaro que nos confundiera las etiquetas: azúcar por sal y escupir irritados el café con leche, salado.

No hay nada que hacer, pedimos disculpas, a los otros -a nuestro jefe, a nuestro amante, a nuestros chicos- pero sobre todo a nosotros mismos y faltamos a nuestra cita con los frascos y la alacena. Nos quedamos solos con el agujero negro que ha empezado a devorarnos la escenografía otra vez. Al final quedamos sentados desnudos sobre la losa fría de la bañadera, porque el agua se ha ido por el agujero negro. Entonces descubrimos que hay un espacio, un pedazo de pampa desierta aún, como olor a libro nuevo. Y podemos entrar en él y estar, estar nada más, eximidos por este puto dolor de todo hacer, de todo ordenar frascos. Quedamos solos con esa persona, extraña ya, que de lunes a lunes se viste, se peina, se perfuma y sale al mundo a ordenarlo. Y sin querer algo se nos cuela dentro, en ese espacio abierto, algo que se siente muy pero muy bien, como el aire fresco luego de llover, como la alegría de ser quien se es.

solo

Nadie puede construirte el puente sobre el cual hayas de pasar el río de la vida; nadie, a no ser tú.

F. Nietzsche en Consideraciones intempestivas: Schopenhauer, educador

Solo.

Y el mundo como un escenario para estar conmigo mismo.


Ipseidad.


Solo.

Y las voces acalladas surgen desde un tiempo inmemorial.

Como agua mineral brotan del suelo, de las paredes, de la roca.


Solo.

Camino bajo la lluvia.

En un bolsillo las llaves de casa, en el otro lo que quedó de dignidad.

¿Qué más se necesita? me reconforto,

las llaves de casa y algo de dignidad.


Afuera llueve gris,

adentro alguien solo añora solitud,


entre las mesas que ríen gritando.

sábado, 10 de octubre de 2009

noche

se hace la noche
las cifras pitagóricas se disuelven
las cosas dejan de ser lo que son,
para ser otras
para ser nomás

sombras en la oscuridad,
incertidumbre de formas
y densidades
y relieves

murmullos en la oscuridad

sábado, 3 de octubre de 2009

miradasonrisa

y en una de esas, en un girar-girar-rueda-de-carro-existencia, sus ojos se encontraron, y se reconocieron, y se sonrieron. Cubo-de-rueda-de-carro, inmóvil, sereno en la actividad. Sonrisa-mundo, sonrisa-océanoinsondable, sonrisa-cielofrescoazulazul, sonrisa-niño, sonrisa-primera, sonrisa-bañodesol, sonrisa-airecampo, sonrisa-vientocara, sonrisa-changosdescalzospatiodetierra, sonrisa-primerbroteprimavera, sonrisa-encuentrodeojosreconociendosesonriendo

jueves, 1 de octubre de 2009

calor en agosto

Claudio vive la paradoja del calor en agosto. Eso y las ganas de ser con mayúsculas en un tiempo que sabe precario.
Quizás Claudio sufra de esa suerte de idealismo indolente que pretende viajar sin salir de casa. Ese que termina privándolo del viaje y del hogar. O quizás Claudio esté experimentando el momento de espera, silenciosa e incierta, antes de la explosión cósmica. Como la última helada de septiembre. Como la flor sorprendida por la helada primaveral.
El caso es que es agosto y Claudio no sabe si algo nace o algo se muere en él. Claudio piensa que, en una de esas, las dos cosas están pasando al mismo tiempo. Lo que, en el fondo, es no decir nada; un no saber huérfano de conceptos. Como primavera, helada, septiembre, Claudio.